De Caracas a Cúcuta y el miedo al puente Simón Bolívar

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Nos apeamos en la terminal La Concordia, en San Cristóbal, estado Táchira. La seña que habíamos recibido era que allí se tomaban unos “carritos” que nos dejarían cerca del puente. “Valencia, Maracay, venga por acá, ¿a dónde va usted? Caracas, Rubio…”, insistía un hombre joven, con rasgos indios y con un acento cruzado entre zona popular caraqueña y andes venezolanos.

Aquel lugar era una suerte de boca de lobo, no muy amplio; sin embargo, estaba abarrotado por pequeñas tiendas en las que se podían comprar: chupetas Bom Bom Bum a 200 Bolívares; agua Minalba a 400 y suspiros a 1.500.

“Agua de panela, fría agua de panela”, gritaba una mujer de melena negra como la noche, ojos color café y sonrisa resuelta. “¿Papelón con limón?”, le pregunté. “Sí”, respondió y soltamos una carcajada viva, como quienes se descubren por primera vez y en secreto reconoce el regionalismo del otro.

Luego, frente al “carrito”, cuarenta fueron las caras de Simón Rodríguez contadas, una y otra vez, quizá en la tercera oportunidad ya estábamos seguros que no daríamos ni un billete demás, ni uno menos. ¡Dos mil bolívares para olvidar la crisis!

Nos montamos en un Chevrolet azul desvencijado, de seis asientos con olor a bote de gasolina y a abuelo recién levantando que nos dejaría, una hora y veinte minutos después, a unas cuatro cuadras del Puente Internacional Simón Bolívar.

Nuestros acompañantes de viaje fueron una pareja que llevaba un niño pequeño, tal vez de unos siete años con un verbo prolifero y un acento de ancestros tachirenses, con los “uish” marcados y un cantadito que se unía a una inflexión en cada palabra profesada. El sexto viajero era un paisa que, por alguna extraña razón, prefería trabajar de este lado y que cruzaba la frontera para visitar a su familia.

El camino había iniciado y nosotros íbamos en marcha a nuestro destino. Cada esquina era “engalanaba” por un milico, la bota militar se hacía sentir en cada costado del estado. Tal vez poco haya cambiado desde los años de López Contreras, Medina Angarita y Pérez Jiménez en el Táchira. 

Subiendo la montaña, desde Capacho un pequeño municipio del estado, vía San Antonio, las montañas se mostraban desnudas como para que el incauto transeúnte pudiese admirar su divina belleza, algunas de verde profundo bañadas bajo los cálidos rayos del sol, otras dejando ver sus ricas plantaciones. Entonces, a lo lejos empezaban a quedar los pueblos con sus techos color teja, se dibujaba una suerte de alegoría que hacía referencia a la Caracas de ayer: la ciudad de los techos rojos. 
San Antonio, Ureña, El Recreo se leía en el aviso. “Mire usted que estamos llegando”, dijo el chofer, un señor de unos sesenta años y cabello color luna llena. Y se vislumbró un pueblo muy transitado, quizá con una sola perimetral y el olvido de un país que se hunde en la crisis: San Antonio del Táchira.
SENIAT, se leía a lo lejos. “Aquí los dejo, que les vaya bonito por allá”, dijo el chofer y nos bajamos a cuatro cuadras del ente gubernamental. Allí iniciaba el cerco militar, tomamos nuestras maletas y empezamos a caminar junto a las miles de personas que hacían la misma peregrinación hacia la frontera.

Maletas cargadas venían, maletas vacías iban. Cauchos de carros eran cargados hacia Venezuela, y la fuerza del cuerpo humano se ponía a prueba por quienes regresaban de Colombia. “¿Van a sellar su pasaporte caballeros?”, dijo una mujer de acento venezolano, “¿No se sellan todos para salir de Venezuela?” pregunté. “No, si solo va hasta Cúcuta puede pasar con su cédula”, contestó.

Uno de los secretos de sellar el pasaporte es que al hacerlo quedas exento de pagar el Impuesto de Valor Agregado en Colombia (IVA), mientras que si no lo haces te cobran 16% de todo lo comprado y consumido.

Era el momento de la inspección por parte de la Fuerza Armada de Venezuela (FANB) y yo no quería que sucediera, muchos cuentos de caminos se oían:”Si un militar le gusta lo que hay en tu maleta te lo quitan”, “A un tío un militar le robó una camisa, se la sacó del bolso”. Sin embargo, la requisa fue sencilla, para mi sorpresa. Cosa que si alguien lleva algún tipo de estupefaciente de Venezuela a Colombia y viceversa puede pasar como “perro por su casa”.

El sol estaba en lo alto, quizá eran las doce del mediodía y desde lo lejos se veía una fila india, era un embudo, otra requisa: solo de vista. Esta vez por parte de los milicos colombianos. “¿Ya sellaron la Tarjeta Migratoria de Transito Fronterizo?”, preguntó alguien que señalaba un toldo y cinco minutos después, nuestros datos personales y un “Bienvenidos a Colombia” estábamos del otro lado.

La bandera hermana con su gruesa franja amarilla se batía impávida en el cielo azul del Norte de Santander.

“Sígale, mono, sígale, que aquí no lo van a robar”, dijo aquel hombre de prominente barriga y barba de algunos días. “¿Va a Cúcuta?, yo le llevo la maleta hasta el taxi”.


¿Cuánto la carrera señor?, preguntamos un poco preocupados y un tanto alertas a todo el panorama. “Son 10.000 pesos”, respondió. “¿Y en Bolívares?”, dije. “Deme 5.000” y nos llevó.




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