¡Toqué, Nakary, toqué!

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Toqué, una y otra vez. Aún más fuerte, tal vez dando oportunidad a la posibilidad de que no escuchases mi llamado. Toqué fuerte, porque irme era dejarte atrás, rehusarme a no tener una respuesta. Toqué una última vez porque no quise enterrar el pasado,  mi pretérito a tu lado, mi copretérito de risas, aventuras y lágrimas... 



Te fuiste una tarde de mayo y entre tristeza y rabia de noches de junio olvidé tu partida, decidí a arrancar tus fotos de mi alma, tu voz de mi memoria, tu risa que revoloteaba en mi biblioteca de sonidos predilectos. 

Tu historia empezó, de nuevo, en otro puerto, en el mío no atracó. Para julio ya no sabíamos del otro, nuestra amistad había naufragado en algún lugar del Ártico y el Caribe, del norte o el este, quizá en un abrazo estrecho entre amigos que nunca se dijeron adiós.

En abril recomponías las piezas de mi corazón, nuestros planes se separaban, pero imperiosamente buscábamos la manera de pegar con saliva las disimilitudes de nuestras personalidades. Decidimos, en un contrato tácito solo ver lo bueno del otro, pasar noches de música, de amores perdidos, de secretos enterrados para la dicha del otro.

Tu futuro era una quimera en una tarde de febrero, el mío una alquimia absurda en las noches desnudas del sereno olvidado. Nuestro futuro parecía una foto en sepia desvencijada, magullada, un retrato de un país congelado, de una patria agujereada y roja.

En octubre no espero respuestas, no las busco, no te busco, ni te espero. ¡Acepté tu partida! Iluminé tu recuerdo, te solté al olvido, te empujé al pasado bonito. La tristeza se evaporó, quizá como esas millones de lágrimas sin nombre de la que fuimos testigos.

Toqué para saber si estabas, toqué aún más fuerte para entender que ya no estabas, toqué en sollozos para cerciorarme de que te habías ido, toqué hasta romper mis nudillos y saber que nada sería igual, toqué para escuchar el sonido de la partida, toqué y toqué para conocer el adiós.

 ¡Toqué, Nakary, toqué!

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