“Madre, perdón. Ya estoy aquí, tu sacrificio no fue en vano”

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Madre: Un regalo para ti 

Buscando me encontré con una madre maltratada por los años y casi acabada por el tiempo, su mirada era triste y estaba ciega de tanto sufrimiento y dolor, me tendió sus manos llorando con un dolor que me desgarraba el alma, habló con una voz temblorosa y ahogaba su llanto con preguntas que eran para mí como un susurro.

¿Mis hijos dónde están? ¿Por qué no puedo verlos? Yo nunca he dejado de pensar en ellos cada hora, cada día. En mis noches cuando mis ojos se han cerrado no dejaré de mirar en mi mente y en mi corazón a cada uno de ellos acariciándolos con mis pensamientos y dándoles mis bendiciones para que no les pasa nada malo en la vida.

¡Están vivos! Mi corazón de madre no se equivoca y no me cansaré de buscar, si es posible arañaré los mares, hollaré la tierra y no habrá un rincón en el mundo donde yo no pueda buscar, porque ellos son lo único que yo he tenido en la vida. Nadie sabe con cuanto sacrificio los levanté, los amamanté con cariño y en mi regazo, los acariciaba con amor.

Pasé muchas noches en vela para protegerlos del crudo invierno y en tiempos de tempestades los acobijaba en mis brazos y los apretaba contra mi pecho para que ellos sintieran ese calor de madre que solamente una puede dar. Fui una fiera para defenderlos, ¡que nada ni nadie les hiciera daño!.

Fueron largas mis horas, mis noches y mis días cuando enfermaban, velaba por sus sueños no dejándome vencer por las angustias, no había puerta que no tocaba para conseguir el pan y trabajando a brazo partido para darles el sustento de cada día y cargándoles sobre mis hombros, caminé sin descanso con la esperanza de llegar casi el final del camino donde ellos empezarían a crecer.

Entonces como madre me di cuenta de que mi labor apenas empezaba, lo tomé con cariño y amor y empecé a luchar darles ese empuje que ellos necesitaban para abrirse paso en la vida. Y como el trabajo no me quitaba ningún mérito, comencé lavando ropa ajena, limpiando piso y tuve una fortaleza incansable en todas las tareas del oficio y así me abrí paso como pude no dejándome vencer, luché sin detenerme porque mi visión era darles algo de preparación y ellos poder tener una vida digna, esos fueron mis sueños y nunca me cansaré, y si es posible empezaré de nuevo mi gran labor.

Tomé sus maltratadas manos temblorosas; las arrugas de su piel y la palidez de su rostro me demostraban que el sendero de su vida fue puro sufrimiento. Vi sus ojos ya caídos del cansancio o de tanto llorar, la levanté, la tomé en mis brazos y le dije: “Madre, perdón. Ya estoy aquí, tu sacrificio no fue en vano.” Y con un llanto desbordado desde lo más profundo del alma y el corazón, la acaricié, la apreté contra mi pecho y grité con fuerza con un nudo en la garganta que me ahogaba y me asfixiaba, le dije madre cuanto te quiero, cuanto te extrañé, ahora estoy aquí bebiendo tus lágrimas de amor y bondad, para unirlas con las mías y no dejarte escapar de mi lado nunca más.


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